Robazapatos

Ella no volvía.

Robazapatos estaba acostumbrada a estar sola. Con la luz del día todos los bípedos se marchaban de casa. Era su momento de reinado, podía hacer lo que quería, básicamente subir a todos los sitios blanditos que habitualmente le tenían prohibidos.

La primera en volver era la hembra mayor, Dadora-de-comida; después llegaba el macho, Gritón, que siempre parecía estar enfadado con ella, pero cuando nadie le miraba la acariciaba y, al atardecer, llegaba su preferida: Dulceolor, la hembra joven. Llevaban varios ciclos juntas. Era su mejor amiga, su hermana en la manada.

Pero un día no volvió. Era de noche y sólo estaban los dos mayores. En la casa se oían gritos y se podía oler el nerviosismo y el miedo. Quería ir a buscarla pero no podía salir sola al exterior. Ese día nadie durmió, la manada no estaba completa.

Después del amanecer sonó la señal de que alguien esperaba en la puerta. Robazapatos tomó un decisión. Disimuló tumbada, esperando que uno de los bípedos actuase. Cuando el macho abrió la puerta aprovechó para escabullirse entre sus piernas. Era la primera vez que salía al exterior sin estar atada a otro miembro de su manada y podía correr libre. Los bípedos la perseguían corriendo, pero ella era más rápida y no tardó mucho en darles esquinazo. Ahora estaba sola y tenía una misión: Encontrar a Dulceolor.

Intentó encontrar un rastro, pero fue imposible, había pasado demasiado tiempo. Necesitaba información y sabía dónde encontrarla: Máximo, el rey de los callejeros. Algunos decían que se había escapado y otros que lo habían abandonado, pero todos sabían que Máximo, con sus pequeñas y temblorosas patitas, enano como una rata, conocía todo lo que pasaba en la calle.

Sería complicado, los callejeros despreciaban a los domésticos, les consideraban esclavos y vendidos, no entendían las manadas mestizas de bípedos y cánidos.

Lo encontró con sus muchachos en su guarida, un lugar lleno de deliciosa basura bípeda, los restos de sus festines en grandes bolsas negras. Se acercó con cuidado, desviando la mirada para no provocarle. Él la rodeo, olfateó el trasero y se colocó delante de ella.

—Una casera aquí, en mi territorio ¿Qué te ha traído a mis dominios? —Robazapatos se alegró de no estar en celo.

—Busco a mi hermana de manada, una bípeda joven con pelaje chocolate. Alta y rosada.

—Mmmm… me suena… ¿Y qué harás para conseguir la información?

No tenía tiempo para tonterías, necesitaba encontrar a su hermana rápido. Saltó sobre Máximo enseñando los dientes y gruñendo. Lo revolcó por el suelo ante la mirada sorprendida de sus muchachos que se quedaron parados, sorprendidos por tanta agresividad en un casera. Máximo quedó boca arriba, mirando bien de cerca la dentadura de su agresora.

—¡Información! ¡Ahora! —gruñó Robazapatos, escupiendo babas sobre el diminuto morro de Máximo—. ¿O tengo que arrancarte la cara? —Lanzó un ladrido hacia atrás para mantener a raya a los guardianes de Máximo.

—¡No se donde está! —chilló desesperado Máximo—. ¡Pero he oído un rumor!

—Habla —dijo Robazapatos más calmada.

—He escuchado que por mis territorios hay un bípedo que caza a bípedas jóvenes. Acecha desde una de esas cajas de metal móviles, una de las grandes, oscura. ¡No me muerdas por favor!

Robazapatos salió de allí, dejándolos a todos con el rabo entre las piernas. Tenía que encontrar esa caja de metal, ¿pero cómo la encontraría?

Rastreó todo el territorio de Máximo, olfateando las cajas grandes y oscuras hasta que encontró una con el rastro de su hermana. Estaba parada en una casa muy cerca de donde ella y Dulceolor iban a pasear. Rodeó la casa hasta encontrar una ventana que daba al sótano. Allí, a través de una ventana, pudo ver a su hermana maniatada y amordazada. Intentó morder la ventana y golpearla con el morro, pero no pudo hacer nada para abrirla o romperla. Desesperada, empezó a ladrar, pero no consiguió nada: necesitaba la ayuda de un bípedo.

Llegó la noche y buscó refugio entre unos cubos de delicias cercanos a la casa. Allí tumbada vio cómo varios bípedos parecían buscar algo. Era extraño, los bípedos eran una especie diurna, al anochecer se escondían en sus casas. Estos llevaban luces parpadeantes rojas y azules, eran los guardianes. Se le ocurrió un plan.

Se colocó con sigilo detrás de uno de ellos y le mordió en el culo. El guardián gritó y empezó a perseguirle. Robazapatos le miraba de reojo mientras le guiaba hasta la casa. Una vez allí se tumbó al lado de la ventana. El guardián, furioso, le apuntaba con su palo de luz, mientras intentaba agarrarla pero paró en seco cuando iluminó dentro del sótano y vio la figura de Dulceolor. En ese momento ambos escucharon el estruendo de la caja metálica al encenderse. El captor de su hermana había escuchado sus ladridos y las maldiciones del guardián y ahora escapaba. Empezó a perseguir la caja mientras el guardián gritaba ordenes a sus compañeros. Estaba claro que el captor no se detendría. Puso todo su empeño en capturar a su presa. Corrió hasta ponerse al lado de la caja en movimiento. Sentía el fuego de sus pulmones, sólo la mantenía corriendo su deseo de que el captor de su hermana lo pagara caro. Con un prodigioso salto se coló dentro de la caja, justo encima del bípedo que iba dentro. Allí se dedicó a morder y arañar hasta que el bípedo perdió el control y la caja voló por los aires. Robazapatos quedó inconsciente.

Despertó en una jaula brillante. Le dolía mucho la pata, al mirar el lugar de donde le llegaba el dolor vio un vendaje. Estaba desorientada y asustada, pero su manada llegó a buscarla. Estaban los tres y olían a felicidad. Abrieron la jaula: Dadora-de-comida sacó de uno de sus bolsillos mágicos una de sus delicias; Gritón no gritaba, sólo la acariciaba, esta vez delante de todos y Dulceolor se lanzó a abrazarla.

De camino a casa, en la caja de metal de la manada, colocó su morro sobre las piernas de su hermana y empezó a recibir caricias. Había valido la pena.

 

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