Intrusión

 

El salón estaba en completo silencio. En los cuadros, miembros prestigiosos de la familia fueron los únicos testigos de cómo la luz que entraba por la pequeña claraboya de techo parpadeaba. Allí arriba estaba el Rondador, concentrado en su trabajo mientras ignoraba las vistas del barrio noble. Las mansiones se distribuían ordenadamente alrededor de la costa norte del gran lago. Al otro lado del mismo se hacinaban las chabolas de los otros ciudadanos, los que peleaban cada día por conseguir algo para comer, su hogar. Desatornilló el marco de la claraboya  para retirar el cristal, lo guardó todo en su mochila y descolgó una cuerda hasta el suelo. El hueco para colarse era muy pequeño, ningún adulto podría irrumpir por ahí, por eso nadie lo vigilaba. Pero el Rondador no era una persona normal: pasó un brazo y agarró la cuerda, se dislocó el hombro para permitir que a cabeza lo siguiera y luego introdujo el otro. Eso era lo más difícil, una vez pasó su torso escuálido volvió a colocar los huesos de su cintura escapular como tocaba y pasó las piernas que agarraban la mochila. Dio una voltereta y bajo hasta el suelo.

     El salón era todo ostentación, cosa que facilitaba mucho el trabajo: cuantos más muebles en la casa, más lugares donde esconderse. Desenganchó la cuerda con un movimiento seco y buscó refugio en un enorme sillón de piel. Permaneció sentado, de espaldas a las puertas, mirando las escenas de batallas gravadas en la piedra de la gran chimenea. Sobre ella, un gigantesco cuadro del escudo de armas y, en la repisa, una colección de relojes que valía una fortuna. Podría haber cogido alguno, pero el objetivo de esa noche era mucho más serio. Miró la hora y empezó una cuenta mental. Esperó hasta oír los pasos del guardia que hacía la ronda y se encogió mientras este atravesaba la estancia en dirección contraria a su objetivo.

     Tic-tac, no tenía mucho tiempo. Avanzó a buen paso. El pasillo estaba decorado siguiendo la filia obsesiva del señor: un sinfín de relojes adornaban todo el camino. Algunos eran enormes máquinas de pie, otros pequeños cucos de pared, más de uno descansaba sobre pedestales con placas que hacían referencia a su origen. Las alfombras cubrían el suelo del pasillo: un error que a él le venía muy bien. Pegaba la oreja en cada una de las puertas: en una escuchó el fuerte estruendo de un ronquido varonil, en otra una respiración agitada, acompañada de una voz femenina que se quejaba en sueños, y en otra, al fin, el tintineo del móvil de una cuna de bebé. Entró en la habitación.

        Iluminada por los rayos de luna que atravesaban un amplio ventanal había una cuna decorada con un magnifico móvil del que colgaban pájaros de plata, oro y cristal. Las estanterías rebosaban de peluches y juguetes de madera, regalos para un hijo que había tardado una eternidad en llegar. Dormida en una mecedora estaba su niñera, una cría que tendría que dar muchas explicaciones al día siguiente. El niño estaba despierto, embelesado con los reflejos metálicos que los rayos de luna arrancaban de las aves. El Rondador sacó una botella de cristal y empapó un pañuelo con el líquido que contenía, tapó la cara del niño y esperó hasta que el pequeño dejó de moverse. Lo metió en su mochila y se agachó para mirar por debajo de la puerta hasta que vio las botas del guardia pasar. Tras unos segundos, salió, cerró la puerta con suavidad para no despertar a la niñera y se dirigió al salón siguiendo al vigilante. Lo mantenía a distancia, ocultándose tras los relojes, usando de parapeto las columnas y aprovechando el tic-tac de los relojes para ocultar el ruido de sus pasos. De vuelta al salón, con el peligro alejándose por el pasillo, acabó su cuenta mental: las dos en punto, los relojes empezaron a sonar, silenciando el ruido del gancho de la cuerda cuando lo lanzó hacia la claraboya. Miró de reojo a los relojes “Otro día —se dijo a sí mismo—, bueno… solo uno”. Trepó hasta la salida. Pasó primero la mochila y repitió el ejercicio de contorsionismo que había utilizado para entrar, recogió la cuerda, volvió a colocar el cristal y se preparó para escapar. Se deslizó por el tejado como si se tratase de un tobogán, se descolgó por la pared usando la mampostería con la misma facilidad con la que otros usarían una escalera, atravesó los jardines de arbusto en arbusto, superó los muros exteriores y se dirigió hacia el lago. Allí una pequeña canoa le estaba esperando.

       Le llevó poco cruzar las aguas en calma. A medida que se acercaba al margen sur le asaltaba el olor a carbón, metal caliente, sudor, sangre y pescado en mal estado. Subió por los maderos podridos y teñidos de verdín. Se internó en el laberinto de casas mal construidas. El cielo estaba oculto por tendederos cargados de ropa y las calles llenas de desperdicios. Miradas desconfiadas le siguieron hasta entrar en casa de su cliente.

        La mujer le esperaba sentada en una mecedora mucho más destartalada que la otra que había visto esa noche. La pequeña casa era un único espacio en el que a duras penas convivían la mecedora, una mesita coja, dos sillas desvencijadas, una cuna de mimbre y un jergón que olía a humedad. Ella contenía la respiración. El Rondador colocó la mochila sobre la mesa y la abrió, dejando ver al pequeño.

        —¡Mi hijo! —dijo la mujer dando rienda suelta a sus lágrimas y acercándose a él.

        El Rondador la detuvo levantando su brazo y enseñándole la mano derecha, ella se paró en seco y le miró mientras hacía pucheros con sus labios. Giró la mano hacia arriba exigiéndole el pago. La madre del pequeño miró a una bolsa sobre la mesa. Él la levanto: poco peso para lo que costaba contratarle. Volvió a cambiar el gesto de su mano, moviendo el dedo índice a izquierda y derecha, negando. La mujer bajó la mirada y rompió a llorar. El rondador la contempló durante un buen rato mientras ella no paraba de moquear. Dejó de mover el dedo y, acercando la cara a la de la mujer mientras daba un largo suspiro, se señaló la mejilla sonriendo con tristeza. Ella, sorprendida por ese gesto tan fuera de lugar, le dio un besito igual que los que le daba a su pequeño antes de que se lo robaran. Los labios le temblaban, se retiró con cautela esperando su castigo. Con una sonrisa tenebrosa, el Rondador salió de la casa, dejando sobre la mesa la bolsa de monedas y el reloj que había robado. “Si sigues haciendo estas cosas te van a perder el respeto” —se dijo a  si mismo mientras desaparecía en los callejones.

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