Tic, tac, tic, tac…

No había reloj en el tanatorio, ningún “ti-tac” analógico, ni los números cambiantes de un segundero digital que permitieran a Lorena percibir el paso del tiempo. Solo el ordenado y sistemático desfile de conocidos, pseudoconocidos y desconocidos que le daban el pésame para pasar a la siguiente sala. Allí les esperaba Javier, aunque no al…