Tic, tac, tic, tac…

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No había reloj en el tanatorio, ningún “ti-tac” analógico, ni los números cambiantes de un segundero digital que permitieran a Lorena percibir el paso del tiempo. Solo el ordenado y sistemático desfile de conocidos, pseudoconocidos y desconocidos que le daban el pésame para pasar a la siguiente sala. Allí les esperaba Javier, aunque no al completo. Es sorprendente lo que se puede aprovechar de un cadáver con independencia de la manera de morir. Así que en la urna estaba Javier, menos su corazón, ojos,  riñón, hígado y, si se era particularmente religioso, su alma.

Era extraño verlo allí, retocado como una muñeca para evitar cualquier rastro del impacto, vestido con uno de sus mejores trajes, y llevando su eterno reloj de pulsera que, para desgracia de Lorena, se había parado en el “accidente”. Los dolientes pasaban al lado de ella y murmuraban palabras que ignoraba. Hacía rato que había dejado de intentar ser agradable: simplemente escuchaba. Era como la estatua de un dios de la muerte en su templo: inmóvil, silenciosa y distante. Pero aun y así sus fieles le rendían pleitesía como parte de la liturgia obligatoria. Algunos, al ver que no reaccionaba, se enfadaban, pero la mayoría se lamentaba por ella. “Pobrecita —decían—. Con la buena pareja que hacían… Una lástima”.

Pero, aunque ella no fuese consciente, el tiempo pasó y, como los granos de un reloj de arena, los visitantes se fueron marchando. Al principio los amigos, luego la familia de Lorena y, al final, la de Javier. “¡Cabrones! —pensó ella mirando al último reducto de su familia política, atrincherados en un sofá—. Vosotros tenéis la culpa de todo”. Cada vez que la madre de Javier hacía una pausa en sus lamentos para mirarla, lo hacía con odio mal disimulado. La flanqueaban su otro hijo y su marido, ambos callados, dejándola como actriz principal en su momento de lamento histriónico, recibiendo pésames y haciendo aspavientos exagerados de dolor. Su marido se mantenía en un segundo plano, con la mano apoyada en ella, incapaz de mirar a Lorena a la cara. Algo extraño en él, un cabrón autoritario que había aterrorizado con su cinturón la infancia y adolescencia de Javier.

Entre nuera y suegra se estableció un competición silenciosa por ver quién sería la última en salir de allí. Pero la paciencia e indiferencia de Lorena acabó derrotando a los gritos y reniegos de la vieja. Su hijo la instó a marcharse y ella, a regañadientes, le obedeció, no sin antes permitirse susurrar un “puta, tú me lo robaste”, que se amplificó por la quietud de la sala hasta llegar a los oídos de Lorena donde se estampó en un escudo de dignidad.

La habían dejado sola, con el tiempo detenido. Un gemido recorrió las salas de espera, rebotó contra las cristaleras que ofrecían una hermosa vista de la ciudad y sobresaltó al personal de limpieza. Explotó con la fuerza acumulada de todo un día de contención y empezó a llorar, no como si alguien abriera un grifo, poco a poco, sino como si una tubería explotase. Se hizo un ovillo en el suelo, apoyada en el féretro. Acababa una amistad que duraba desde los veinte años: había perdido su apoyo más importante. Javier había saltado desde el balcón de la casa de sus padres. Había ido allí para enfrentarse a ellos, un ejercicio recomendado por su psicólogo, la consecución de más de un año de terapia por el machaque psicológico al que había estado sometido desde niño.

Lorena se levantó y se apoyó en la urna, mirando a los parpados cosidos y rellenos de algodón de Javier. Recordó los momentos felices que habían pasado, desde que se conocieron jugando al Trivial en el bar de la universidad hasta la noche anterior a su muerte, cuando le abrazó para darle ánimos antes de ir a casa de sus padres. “No hace falta que me acompañes. Esto lo he de hacer yo solo, Lorena”. Esas fueron las últimas palabras que le oyó decir. Luego, una llamada de la policía. Se había suicidado, la había abandonado. Lorena se apartó del féretro llorando a solas, pensando que no podría volver a sonreír. “Tendría que haber ido con él” , pensó. “Quiero morir” gritó.

En ese momento, el reloj de pulsera de Javier empezó a sonar. tic-tac-tic-tac-tic-tac…

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