Robots Veganos Justicieros

Esta historia se inspiró en la ilustración que puedes ver en la portada, obra de Gonzalo AEneas. Un ilustrados afincado en Mallorca que empieza a despuntar. Cuando la vi le dije que en algún momento escribiría un relato basado en la imagen. Aquí está el primero de los tres. Puedes encontrar más muestras de su obra aquí o seguirlo en facebook.

***

Cuando todo cambió él estaba mirando por la ventana. Hacía días que sus dueños estaban nerviosos. El padre pasaba el día pegado a la televisión, fumando sus apestosos cigarros y la madre tenía turnos de trabajo cada vez más intensos. Era una de las guardianas de la ciudad, de las que montaban en coches con luces rojas y azules. Desde que las naves habían quedado suspendidas en el cielo cada vez pasaba menos tiempo en casa. Los humanos olían a miedo cuando aparecían cosas nuevas.

   El único que se parecía estar contento era el pequeño de la familia. Cuando le sacaba a pasear pasaba más tiempo mirando el cielo que jugando con él. Ya no había lanzamiento de pelotas, ni palos. Solo se juntaba con otros cachorros humanos para hablar, todos parecían muy excitados con lo que pudiese haber en las naves. Por suerte siempre había alguno de ellos que también traía a su mascota, así podía jugar con alguien.

   Y llegó el día. Estaba mirando los coches pasar por delante del jardín y ladraba a los que no le gustaban mientras los rayos de sol que atravesaban la ventana le calentaban. Todos los perros del barrio se le unieron, pero no ladraban a los vehículos: un sonido agudo en el ambiente les inquietaba. Empezó a dar vueltas sobre si mismo y se fue a buscar a sus dueños. Su familia había salido al exterior par ver que pasaba. Estaban tan sorprendidos que, por suerte para él, se habían dejado la puerta de la calle abierta. Todos los humanos del barrio se tapaban las orejas y ponían cara de dolor. El sonido les hacía daño, pero a los perros no. Entonces el sonido cesó. Todos los humanos empezaron a mirarse. Estallaron mil conversaciones y alguna que otra discusión.

   El perro se quedó mirando hacia arriba buscando algún motivo para su nerviosismo. El sol brillaba y no había nubes: era el cielo más azul que recordaba haber visto. Las naves parecían las latas de comida que sus dueños le regalaban, pero sin el papel que las envolvía. Estaban ahí paradas: inmóviles, y así llevaban una semana. Pero después de esperar tanto por fin empezaron a pasar cosas. Expulsaron enormes nubes de un gas amarillo. No se quedaron flotando: poco a poco descendían buscando la tierra. El descenso tardó bastante, dio tiempo a los humanos para entrar en sus casas. Sus dueños corrieron tanto que le dejaron fuera, en el jardín. Escuchó los gritos del niño que le pedía a su padre que saliera a por él, pero no se lo permitieron. Las nubes amarillas llegaron al suelo. El animal estaba desconcertado, no olían mal, y parecían inofensivas. ¡Los humanos eran tan asustadizos!

   Los que habían permanecido en el exterior, en cuanto respiraron la extraña niebla, cayeron dormidos. La bruma se movía por las calles, se colaba por las ventanas y entraba en las casas por los bajos de la puertas. El sueño se cernía sobre la humanidad.

   Las latas voladoras bajaron hasta posarse justo por encima de las casas. Eran enormes oscureciendo con su sombra casi todo el barrio. De su panza se desplegaron varios tubos de cristal que conectaron la nave con el suelo. A través de ellos, como en los ascensores del centro comercial, bajaban los robots.

   Él sabía muy bien quiénes y qué eran los robots: su dueño siempre estaba hablando de ellos. Estaba obsesionado; tenía su habitación repleta de posters y fotografías de esos seres; pequeñas legiones de juguetes articulados luchaban batallas eternas sobre su escritorio y dormían en su baúl de juguetes.

  Los que llegaron no eran especialmente originales ni eran, de lejos, los más extravagantes. Más bien eran sosos, simples y sin gracia. Solo tenían dos brazos y dos piernas y su torso era un simple cilindro liso y grisáceo. No había adornos, colores ni logotipos y dudaba mucho que pudiesen transformarse en algo. Llevaban armas como las que el mayor de sus dueños coleccionaba. No tenían cuello: la cabeza tenía un solo ojo amarillento, del mismo color del gas que habían soltado las naves.

   Entraban y salían de las casas llevando a los humanos a cuestas. Los ordenaban en el arcén de la carretera con meticulosidad. Filas y filas de gente boca arriba. Lo único que rompía el silencio eran los ladridos de los perros y algún zumbido puntual cuando los robots encontraban a algún humano que seguía despierto y disparaban sus armas. Luego, empezaron a meterlos dentro de los tubos de cristal. Estaban subiendo a todos a la nave. Entonces llego el turno de su familia. Uno estaba moviendo al niño y él fue hasta allí para ladrarle y morderle. Estaba realmente duro: cada dentellada le dolía más al perro que al propio robot. Al parecer consiguió llamar su atención: dejó de arrastrar al chico y le apunto con su arma. Él se quedó paralizado. Esperaba escuchar uno de esos zumbidos en cualquier momento. Pero no era un perro cobarde, empezó a ladrarle, se enfrentó a su enemigo. Y cuando iba a dispararle pasó algo que no esperaba. Otro de los robots le paró: le agarró el arma y se la arrancó de las manos. El otro quedó paralizado. Como si no entendiera que pasaba. El recién llegado se arrodilló e hizo ademán de tocarle la cabeza. Un gruñido hizo que retirara su mano metálica, pero el robot no se deba por vencido. Volvió a acercar la mano, esta vez con suavidad, dejando al animal que olfateara. Los ojos del perro se clavaron en el único ojo cristalino del robot. Intuyó los engranajes que se movían detrás de la lente. Era difícil entenderlo, mucho más que a un humano. Pero no creyó ver maldad en él. Permitió que lo tocara. Su tacto era duro, frío e inexperto. Pero, poco a poco, encontraba los lugares correctos. El animal, empezó a juguetear con su mano. Buscaba el vínculo que establecía con los humanos. Fue difícil y extraño, pero notaba que, poco a poco, lo iba consiguiendo.

El robot lo cogió y lo alzó en volandas. Dejó su arma olvidada y lo acunó entre sus brazos. Ambos fueron hacia uno de los ascensores de la nave. Empezaron a subir.

robots-veganos

Para ver la ilustración en todo su esplendor.

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