Campeón

Era costumbre en los pueblos del valle tener un campeón. Dicho campeón se ocupaba de representar y defender al pueblo cuando era menester. Así pues, Cabeza de cordero tenía a Abarna «la fiera», que blandía a segarodillas, su espada; o Lagohondo, que contaba con la ayuda de Delwer Brazofuerte.

Bajomontaña no tenía campeón. Los pétreos permitían la explotación de las minas de rubíes con una condición: Cada diez años, los pétreos saldrían de las minas y se celebraría un combate singular entre los campeones de Bajomontaña y los pétreos. Si el campeón del pueblo pétreo ganaba, arrastraría a su adversario bajo tierra. Pero si el representante de Bajomontaña era el vencedor, ganaría el cristalino y caro cuerpo de su oponente. Un rubí grande como un hombre.

Nadie sabía qué pasaba con aquellos a los que los pétreos se llevaban, eran llevados al subsuelo y nunca más se sabia de ellos.

La realidad era que, en casi 300 años, Bajomontaña nunca había vencido. Pero poder explotar las minas bien valía perder a un hombre cada diez años. Y por eso Guernok, campeón de Bajomontaña y héroe de la batalla del holgazán, huyó del pueblo diez días antes del duelo.

Hanúa recibió la noticia con una mezcla de emociones: Odio a Guernok, pues ella era la esposa del último campeón que enfrentó su destino con responsabilidad y valentía; Deber, pues como alcaldesa tenía la responsabilidad de elegir un nuevo campeón; Preocupación, pues temía que los Pétreos se dejaran llevar por la cólera y arrasaran Bajomontaña.

Decidió que, con tan poco tiempo, la cualidad más necesaria para el nuevo campeón debía ser la valentía. Así que pidió voluntarios entre todos los habitantes del pueblo.

Sólo hubo dos candidatos: Ambos venían de una familia de probado valor, amantes de su pueblo y responsables. Eran Avernak y Hadarian, sus dos hijos.

Avernak era digno hijo de sus padres: aventurero e inquieto, dispuesto a la acción desde bien pequeño. Hadarian nació minutos después que su hermano. Había estado lastrado desde siempre por unas pierna inútiles, aunque sus manos hábiles lo llevaron a la escuela de bardos más importante del reino.

Ambos acababan de volver juntos de la capital cargados de méritos y honores. El mayor empujando la silla de ruedas del más joven. Sonrientes y mostrando gran valor, no dudaron en tomar la responsabilidad del duelo.

Así que en la plaza mayor la alcaldesa debería decidir cuál de sus dos hijos, ante una derrota segura, se perdería en las cuevas de los pétreos.

Al llegar el día, todo el pueblo se reunió en la plaza. Intentaban mantener el equilibrio entre la alegría de saber que el problema estaba solucionado y la vergüenza de no haber sido ellos más valientes. Nadie sabía de la elección de la alcaldesa: estaba claro que el único que tenía una mínima posibilidad de vencer era Avernak, pero algunos malpensaban que la madre no sacrificaría a su hijo más completo y se decidiría por el tullido.

La sorpresa llegó cuando antes de que la alcaldesa dijese nada Hadarian alzó la vvoz:

­­­­­­­­­­­­­­—¡Conciudadanos! Mi hermano y yo hemos estado hablando y hemos decidido que yo seré el campeón.

Las miradas fueron terribles: Las de pena para Hadarian y las de profundo desprecio por Avernak. ¿Como era posible que el valiente Avernak aceptase que su pobre hermano tullido se arriesgase por él?

Avernak se marchó sin dar más explicación, lo que aumentó las habladurías. Los días pasaban y la fecha se acercaba. Hadarian se mostraba tranquilo, y cuando le preguntaban sobre su entereza sólo respondía: «confío en mi hermano». Sus vecinos murmuraban que la cercanía de su derrota le había vuelto loco.

Un día antes del acontecimiento, Avernak volvió renqueante y ensangrentado, arrastrando como podía un enorme bulto: Un sacó de arpillera agujereado por lo que parecían cuernos y protuberancias óseas, húmedo y empapado de sangre. Sin tan siquiera pararse a hablar con su madre, fue a buscar a su hermano. Se encerraron en el antiguo taller de su padre, del que empezaron a surgir los sonidos claros del serrucho y de la lima, pero también otros más extraños y musicales: al principio disonantes, pero cada vez más armónicos.

El día llegó y los pétreos llegaron al pueblo. Seres grandes y cristalinos, del color del rubí, con constantes rayos que se movían en su interior. El más grande de ellos se adelantó y con una voz que recordaba al quebrar de cristales gritó:

— ¡He venido a retar a vuestro campeón! ¿Quién se me opone?

Hadarian se adelantó en su silla, llevando en su regazo un extraño objeto de piel y hueso.

—¡Seré yo! Hadarian, campeón de Bajo montaña.

—¡¿Qué broma es esta?! ¿Es que nadie tiene valor? ¿Os deshacéis de vuestros descartes?

—No, no soy un pago, soy quien te va a dar muerte. —En ese momento sopló por uno de los conductos de hueso del objeto, inflando la bolsa de cuero. Solamente despegó los labios un momento para decir—: te presentó mi arma: la gaita de dragón.

Y sopló.

Una nota estridente recorrió el aire. Vibraba en los oídos de todos los vecinos, les obligaba a entrecerrar los ojos, a apretar con fuerza los dientes. Pero la molestia que ellos sentían no era nada comparado con el efecto que tenía el sonido en los pétreos. Su piel vibraba y se resquebrajaba. La tensión que acumulaba les hacía gritar y cuanto más mantenía Hadarian la nota, más grietas aparecían. Los relámpagos que contenían sus cuerpos pugnaban por salir y, poco a poco, de uno en uno, los pétreos empezaron a explotar.

Fragmentos de sus cuerpos de rubí cayeron al suelo y el silencio se adueñó del pueblo. Hanúa miró a sus hijos, incrédula. El pueblo observaba a los hermanos y al botín que ahora adornaba el suelo. Pensaban en las consecuencias de haber roto el pacto con los pétreos de esa brutal manera.

Los hermanos miraron a su madre. Avernak puso su mano en el hombro de Hadarian.

—Mamá, es hora de ir a buscar a Papá.

 

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