El Viejo Rey

Yo estuve allí el día que el viejo Rey cayó. Lo vi todo con estos ojos, hermano. Y no creas que en aquel entonces era un don nadie: trabajaba en palacio, aprendiz del armero, ni más ni menos. Así que, por unos créditos y una ronda, puedo darte la versión más veraz del cambio de gobierno que aconteció hace cinco años.

Llevábamos muchos años de paz en el reino, las colonias estaban tranquilas y la riqueza fluía. Ya nadie se acordaba de las guerras que libró nuestro Rey, bueno… nuestro antiguo Rey. Fue un héroe ¿sabe?

Algunas colonias querían separarse, otras, directamente, estaban ocupadas por otros reinos y naciones. Él decidió desobedecer a su padre: era un joven que, con su liderazgo y la fuerza de su personalidad, consiguió que los almirantes de la flota zarparan con sus naves. El cielo se llenó con las luces de la batalla. Cabalgaron el acero a través de las estrellas para, poco a poco, recuperar aquello que les habían robado. Fue un general fuerte, pero también astuto: supo dar a las colonias aquello que querían, ilusionó a los que se querían marchar y aplastó a los que no atendían a razones. Las fronteras del reino no solo se recuperaron, también se ampliaron. La campaña fue larga. Muchos decían que el miedo del, en aquel entonces, príncipe era lo que la mantenía en marcha. Pero al fin llegó la noticia: la flota volvía a casa.

Pude ver como padre e hijo se encontraron. Todo el mundo contenía la respiración, nadie sabía lo que iba a pasar. Ambos se quedaron mirándose un largo rato, hasta que el Rey dio un paso al frente y abrazó a su hijo. Los festejos duraron días y acabaron con la abdicación en favor del príncipe.

Luego llegó el mayor periodo de paz y en toda nuestra historia. Pero la tranquilidad del guerrero suele ir pareja a la indolencia.

Poco tardó el Rey en desposar. Escogió una belleza procedente de una de las colonias más lejanas, sin duda para cerrar algún acuerdo. Una vez tuvieron el hijo de rigor que aseguraba el linaje, sus vidas se separaron. Ambos se dedicaron a sus asuntos. El Rey, sin la emoción de la conquista, a disfrutar la vida y la Reina a la política. Era un buen acuerdo y nadie se quejaba. Pasaron los años, hasta el fatídico día.

Ambos disfrutaban de amantes, todos lo sabían. Pero tenían el buen gusto de mantenerlos en secreto. Pero todo se complicó cuando llegó a palacio un hijo de la Reina.

¡Vaya lio se armó! En realidad nadie dudaba que lo fuera, era igual que ella y muchas veces la Reina se había retirado a su hogar natal por largos periodos de tiempo. De hecho ella admitió que el chico era su vástago y que, por edad, era el heredero.

La corte se enfrentó. La disputa real era más complicada de lo que podría parecer. Estaba claro que ese muchacho no tenía una gota de la sangre del rey en su cuerpo y una simple prueba genética lo habría demostrado. Pero si eso se admitía, la Reina sería apartada de sus funciones de administradora, puesto para el que se había mostrado perfecta. En el sistema estelar corrían vientos de cambio: las familias reales de otras naciones habían sido sutilmente apartadas del poder o, directamente depuestas. Las republicas empezaban a emerger. Las malas lenguas decían que entre los consejeros había partidarios del cambio. Sólo así se entiende que decidieran resolver la cuestión sucesoria en un duelo entre príncipes.

El Rey se volvió loco, llamó traidores a sus consejeros y dedicó palabras más fuertes a la Reina. El príncipe heredero estaba más interesado en la poesía y el arte que en las armas: el ganador estaba claro. Así que fue el mismo Rey quien se presento al duelo.

Fue una visión triste: la armadura no podía albergar toda su masa, yo mismo quien le tuve que hacer los ajustes para que se la pudiese poner. Llegó al patio de armas con toda la corte mirando. El chico no parecía especialmente amenazador. Había elegido un sable de hoja corta y una armadura ligera. El Rey llevaba su espada ceremonial, una belleza de increíble factura. Su equilibrador de gravedad y filo de diamante hacían de ella un arma muy rápida, pese a su enorme tamaño.

El chico era muy bueno y el Rey, aun con los tratamientos de rejuvenecimiento, muy viejo. Los golpes del anciano eran certeros, dirigidos por la experiencia, pero el chico los esquivaba como un gato y, con cada estocada, el monarca se agotaba. Al final el joven no tenía que esforzarse en esquivar y pasó al ataque: un torbellino de sablazos. Atravesó la guardia del Rey, le cortó la cara desde la base del cuero cabelludo a la barbilla, le golpeo detrás de la rodilla, lanzándolo al suelo y acabo desarmándolo. La Reina saltó a abrazar a su hijo y el Rey fue llevado a enfermería, mientras se oían las risas de los cortesanos.

Unas horas más tarde, estaba yo en mis quehaceres en la armería cuando apareció el Rey, borracho cómo una cuba. Me pidió una armadura, una pistola y una espada. Exigió que fueran comunes, sin florituras. Se las entregué y se marchó. Nunca más se supo de él.

El chico tomo las riendas del reino bajo la tutela de su madre. Y así estamos ahora: tenemos un nuevo parlamento, las colonias se han separado y ahora formamos una federación, y los enemigos del reino vuelven a disputarnos planetas y lunas. Quizá el Rey no fuera solo un viejo, sus antiguos enemigos aun le respetaban.

Antes de que se marche, señor. Todo el mundo sabe que un nuevo señor de la guerra se ha alzado en el cinturón de asteroides y que ha puesto rumbo a nuestra capital. No he podido evitar darme cuenta que, bajo esa capa, luce una cicatriz bien grande en la cara, que acaba en la barbilla. Puedo suponer que se inicia bajo el cuero cabelludo. Solo decirle que siempre le fui leal y me he convertido en un gran armero.

 

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